La obsolescencia programada del territorio



Extremadura vuelve a despoblarse. Una marea de emigrantes enfila la N-V en busca del capital en la capital. Una marea da el salto a otras latitudes españolas, europeas o mundiales. Una marea de agua dulce, estancada y empantanada.

Allí se acabó el sueño de nuestros padres (también su economía.)

Aquí el sueño era construir una región donde poder estudiar una carrera y vivir dignamente ejerciéndola. Primero crearon la universidad, hace ahora cuarenta años, pero en todo este tiempo olvidaron construir las empresas donde desarrollar esos conocimientos y crear riqueza. Sin embargo, a principios de los ochenta se ensambló la maquinaria perfecta para contratar a todos esos abogados, economistas e ingenieros. La recién inaugurada Junta de Extremadura absorbió todo licenciado recién parido al que convertía al funcionariado, empleaba de tapadillo o cobijaba en cargos a la medida (desde el bedel hijo de aquel al asesor primo de este) bien en sus engranajes, bien en las empresas que se instalaban en la calle de enfrente creadas según las necesidades gastronómicas del nuevo monstruo institucional.

Allí, hace cuarenta años, efectivamente, se frenó en seco el éxodo de más de un millón de extremeños que fueron a buscar trabajo lejos de su hogar, dejando familia y amigos, huyendo de una miseria a la que jamás volverían. La crisis del petróleo globalizó el statu quo: se pasaba hambre aquí y allí.

Aquí casi menos: después de un lustro de jornadas de dieciséis horas volvían al pueblo con la manicura echa de por vida: unas uñas que nunca crecerían sino hacia dentro en unas manos insensible, enguantadas en una epidermis recauchutada. Aquí la promesa de una madre: bajo aquel olivo podrás ver pasar el día, te esperará a la hora de cenar y en el bolsillo nunca te faltarán pesetas para el paquete de tabaco y el chato de vino.

Allí los otros, sus hermanos y primos, se fueron casados y no les quedó otra que ver crecer a sus hijos maldiciendo la tierra de sus padres, la ralea, el color del pan y la casta, empeñados en ser más autóctonos que nadie: más alemanes o más vascos, más suizos o más catalanes…

Aquí tenemos secuestrado el parlamento por otras voces desafines, absortos a las mismas cadenas de televisión donde hablan de árboles y señeras, a todas horas: internacional, nacional, vascos, catalanes y deportes. A veces matan a una mujer en Castilla, otras en León, otras una casa cae en Galicia, una vez cada diez años hay una matanza en Puerto Urraco… España negra sin costa ni disculpa, anónima, disculpada, pendenciera y oscura y más oscura.

Allí el problema sigue siendo protocolario: un título de libre, otro de autodidacta y un diploma de individualidad: personas nuevas en estados nuevos sustentados por momentos concretos (y antiguos) en los que una conjunción de astros y machos cabríos con suerte al nacer decidieron que esta línea y ese río y esa montaña eran el límite de su hogar. Hoy, en otra crisis, los hostales se vuelven cuarteles.

Aquí la solución pasa por disolverse: nunca hemos existido, nunca hubo hermanamiento, nada tiene que ver el vecino de Azuaga con el de Piornal, con el de Alcántara o con el de Tentudía, nada que ver, ni el de Cáceres con el de Badajoz ni nada que se le parezca, ni con una capital construida sobre una riqueza de testimonios y cadáveres y restos de muro y suelo teselado. Una especie de región de sobras, ajena a la importancia de su identidad cultural, empeñada en buscarse las cosquillas en el de demasiado enfrente, incapaz de ver los logros naturales y simples de estos años: calles asfaltadas, alumbrado público, pabellón polideportivo, semillero de empresas, escuela, consultorio médico… y piensan que el mejor alcalde sigue siendo el rey.

Allí las penas y las glorias, aquí el alacrán y la central nuclear, allí las preguntas y respuestas; aquí los grillos, la noche y las estrellas.

Aquí esperamos a que nos cierren el garito: nuestras empresas y medios de comunicación, nuestra manera de hacer y soñar, el estigma bastardo de cuando venían las cortes a follar a su yeguada, y en lugar de comanches les salimos cucarachas marinas y subimos a los barcos a dar nombres pueblerinos a las Indias. Y sí, esperamos que nos descuarticen: un cacho de tierra para Castilla, otro para Al-Ándalus, otro para León y este pedacito que le robamos a los portugueses…

Allí la secesión, aquí la rendición.

Ahora, en un momento, cuando llegue la media noche, se apagarán las luces y la gente saldrá de su casa con una maleta y poco más. Subirá a un  autobús o a un coche prestado, mirará atrás, dará un par de abrazos que nunca más volverá a dar y se irá, para nunca volver, de esta tierra jurada, y de la que solo te vas si quemas las naves.

El futuro era verde, el presente blanco y el pasado negro; y ahora viceversa.


1 comentarios:

Anónimo | 22 de septiembre de 2012, 14:48

Por casualidad me he topado con tu blog y estoy totalmente de acuerdo con el escenario que has ilustrado. Yo soy desplazado, no se si considerarme de primera o segunda generacion, porque fue mi padre quien "dio el abrazo a todos sus familiares y amigos y partio", junto con nosotros.
Un abrazo y mucha suerte de quien se siente extremeño de corazon