El trabajo que me aconsejó mi madre

Va un chaval de 23 años, con la carrera recién terminada. Su intención es entrar a trabajar en tal empresa, que le exige pasar un par de exámenes en dura competencia con cientos o miles de recién licenciados como él.

El primer examen consiste en responder una retahíla de preguntas de un temario en el que la mitad está formado por el ideario de la empresa y la otra mitad por lo que el licenciado estudió el primer año de carrera.

El segundo examen, si lo hay -depende del puesto al que se opte-, puede consistir en elegir un tema y desarrollarlo, o puede ser un test muy jodido de 200 preguntas, o una entrevista en la que se dilucidan sus aptitudes, o cualquier otra prueba más o menos objetiva.

Si el tipo aprueba la empresa le da de alta. Lo mantiene en nómina hasta su jubilación o pre-jubilación: es decir, que tendrá un sueldo y/o jubilación vitalicia, esto es: hasta su muerte. 

A la empresa se la suda si el empleado es o no diligente, tan sólo le exige que cumpla con sus horarios y unos mínimos, que dependiendo de la sección de la empresa en la que haya entrado tendrá más o menos responsabilidades y más o menos obligaciones de reciclarse. No le importa a la empresa si su empleado es aplicado y curra más horas de las estipuladas, si hace bien su trabajo, si se prepara y aprende constantemente por mejorar. 

Tampoco le importa a la empresa que su empleado se disuelva entre sus compañeros, que ningunee el tiempo, que no produzca, que pase más tiempo del necesario en el servicio o el desayuno, que olvide que el cliente tiene razón y arruine la imagen de la empresa. 

El chaval sabe que haga lo que haga el resto de su vida, mientras no cometa una gravísima infracción, pertenece a un selecto grupo de profesionales grises, que los tópicos y la degeneración laboral ha puesto en un lugar tan idílico como funesto: ni van a aplaudir sus logros ni van a reprocharle su falta de profesionalidad. 


El chaval es funcionario, y hoy, en julio de 2012, comprende que las reglas han cambiado, tal vez de manera injusta, pero alguien tenía que pagar después de tantos años de invulnerabilidad.