verano

Pasé la primavera editando y criando: un libro y otro y una caja con seis; un hijo que se hace doble y triple de lo esperado, de lo razonablemente posible. Entiendo ahora muchas más cosas, reconozco otras y más valiosas bellezas, hago acopio de lo sentido y sufrido, balances mal hechos, estigmas, primas de riesgo, sintonías, vademecum de vida impostado, clarividencia y la definitiva mirada al futuro en los ojos de otro.

Como de costumbre el camino deja cadáveres, pero también uno encuentra árboles sabios que aconsejan bien y que irremediablemente dejará atrás, y caminantes rápidos que te alcanzan y dan un consejo y un abrazo preciso y siguen adelante en dilución; o lentos a los que animas, lentos con los que compartes parte de la senda. Algunos de ellos propician mejores atajos y otros proponen itinerarios más largos pero necesarios, más largos pero más preciosos, más largos y vitales, más vida.

En este tiempo enterré ideas para hacer libros y cuadros y películas: un par de apuntes de cada, a veces ni eso.

También llegó el arte y los sueños y la obra de otras personas al buzón de mis manos y nunca supe demasiado bien qué decir, cómo justificar el genio o la decepción que me producían. Porque siempre te enfrentas a las palabras de un amigo, al modo, nunca te confrontas con su idea, porque nunca desconoces su justificación.

Bien, he negado a traidores el pago del césar, he cumplido a rajatabla mis deberes pecunarios, he respirado como nunca, he dicho y contradicho, he dibujado alba, he predicado contra la impostura editorial, he visto naves explotar, he reconocido a mi madre en mí cambiando los pañales de Roque, sujetándolo, durmiéndolo o arropándolo. He aprendido morfeo y guadianalinés.

La cerveza sabe dulce cuando fumas y tecleas: vitalidad y bronceado.

Ya no dice nadie nada, nadie llama cuando es feliz, y es el momento.