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la firma del oficio, el sello del gremio


Las puertas en España tienen marcas de resina, generalmente en dos colores (ergo dos resinas de diferentes densidades, temperaturas), en el borde. Aunque suelen colocarse en el mismo lateral donde se encuentran las bisagras, a veces, como en este caso, se descuidan en el borde exterior, donde está el pomo.

Estas marcas no son más que firmas, el sello del carpintero, que los compañeros de gremio identifican. Sin embargo, además de la información sobre el artesano, estos sellos encierran valiosa información sobre los materiales utilizados, los trazos, el diseño y, sobretodo, la arquitectura interior de las puertas, desde la madera maciza a las láminas de chapa, las moles de viruta, los serrines prensados hasta, finalmente, los enjambres de cartón.

No se diferencian demasiado estos carpinteros de aquellos constructores de catedrales que firmaban en las caras ocultas de las piedras que les traían los canteros y con las que levantaban los muros de las catedrales, aquellos que llevaron sus apellidos y su ralea de ciudad en ciudad a lo largo de los siglos con la certidumbre de ser los elegidos, los únicos con la capacidad y el honor de levantar la casa de dios.

Aquellos primeros masones eran conscientes de que sus edificios no solo albergarían espíritus, sino también la humanidad: cualquier acto social, económico y político tenía lugar intramuros, la gente se libraba allí de los males de la naturaleza: la falta de geometría, la inclemencia climática, el caos... un anticipo del centro comercial, de la nave interestelar.

Hoy firman los que agilizan huecos, hoy se unen los que convierten el gesto del brazo en pared o en vano, hoy lubrican con resina y a la vista la estandarización de nuestros pasos y volúmenes: puertas de noventa centímetros de ancho y docientos diez de alto donde se posibilita que entre y salga cualquier cosa que quepa por el marco y las marcas de resina testifiquen de nuestro tránsito.


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