diecisiete kilómetros

Llevé a Sara esta tarde a Elvas a sus clases de chelo en el conservatorio luso. Me fui a dar un paseo mientras recibía sus lecciones musicales (luego resultó que su profe de Madeira no se había presentado y las secretarias jugaban a adivinar el sexo del bebé según diera la mano boca arriba o baca abajo.)

Encontré unos puestos de mercadillo en la plaza del ayuntamiento donde me puse a trastear mientras desmontaban. Encontré un par de libros interesantes por dos y cuatro euros -un OPUSCULO ÁCERCA DAS MACHINAS MIXTAS de 1894 en tapa dura y un diario manuscrito en cuaderno formato holandesa, también de tapa dura, de una señora que en 1951 se fue de luna de miel y escribió las cosas que hizo a la luz del día.-

Con la compra hecha paseé por la calle de las tiendas con sus escaparates esquizofrénicos (rebajas/navidades, artesanía/franquicia, chino/alentejano) y acabé tomando un café en el bar @rroba, que no es ciber ni nada y machacan al personal con zapping a la telecinco española y a su homóloga portuguesa. Me encendí un cigarro y entonces la televisión se quedó sin volumen. Llegó Sara, le enseñé la compra mientras me contaba su aventura en el conservatorio, y llené los pulmones de humo antes de salir.

Portugal sigue siendo un país civilizado, afortunadamente, y está a diecisiete kilómetros de esta salvajada de lugar.

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