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Se oye un avión de guerra pasando cerca de nuestras cabezas. Se oye el murmullo policíaco de las radios patrulleras. Se oye a la gente silenciar sus tertulias cuando pasa una tanqueta por la calle peatonal a la que se asoma mi balcón..
Mi ciudad espera los simulacros de batalla y los desfiles militares que tendrán lugar este fin de semana. La secreta entra en todos y cada uno de los edificios que exponen sus fachadas al itinerario, revisan las habitaciones, los armarios, los tabiques falsos, las camillas, los lavaderos que se usan de trasteros, miran bajo la cama, abren el mueble bar e inspeccionan las botellas de licores que regalaron a nuestros padres cuando nacimos en los setenta, abren el joyero con las medallitas que nos regalaron al nacer, abren las cajas de los juegos de mesa con los que peleábamos  mientras crecíamos, revuelven la ropa de invierno, miran el álbum de fotos sonrosadas -parece que el azul y el verde son más caducos y se diluyen antes de nuestras añejas instantáneas, o igual la vida era entonces rosa como un periodo pictórico y la vida de nuestros padres gris y en blanco y negro, o igual esta generación la mía que va aprehendiendo la tecnología a lomos de yogourt y precocinados ha de verse sorprendida constantemente por maneras y técnicas en que se estampa su huella ora con químicos ora con píxeles que lo mismo impresionan una pantalla de eme ese dos que un pequeño y ridículo nokia de trescientos gramos y pantalla de equis -pocas- pulgadas que no centímetros-...
La intimidad sale por la puerta cuando el secreta se va dando un portazo hastiado de tanta sentimentalidad incomprendida y pasa otro avión mientras me veo en un vídeo antiguo que colgué en youtube con la misma canción de NIN que me pongo para recorrer la circunvalación de la alcazaba cuando voy y vengo de la tienda familiar de marcos y bellas artes en San Roque.
La misma canción que supone un ligero latigazo de locura al hilo de pensamiento que hago constar luego en lo que escribo y antes filmaba o grababa o hacía que generaba y, simplemente, salía de mi cabeza sin querer decir nada concreto de mí o de mi vida o de mi experiencia o, también, del simulacro.
Otro avión y otros más que dejan caer su amenaza de bomba a base de sonido ultrasónico para decirnos que pueden pero no quieren hacerlo porque además de conducir un arma de millones de euros el explosivo inteligente que podrían dejarnos caer vale también un pico de dólares.
El cabrón de deejay o pulsa-play que monopoliza el hilo musical del casco antiguo pone siempre la misma canción del grupo que le pasó una canción al recepcionista del hotel donde se hospedaba Woody Allen en Barcelona cuando rodaba Vicky Cristina Ídem. La misma canción suena un rato antes de que las persianas metálicas de los locales comerciales se bajen al cierre de las catorce horas y todo este soniquete de aviones, radioescuchas, murmullos apagados, tanquetas, hilo musical, puertas de muebles-bar y metálicos cierres me desquicia primero y me serena cuando sé que hasta los pilotos tienen que irse a comer y no suena nada salvo la sintonía del telediario que escucho mientras cocino cualquier cosa.
Hoy comemos arroz blanco con atún y mahonesa regados con coca-cola, reza el rancho.

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