jabones

Nunca he sabido si por facilitarme la vida o por gusto me he ido decidiendo por tal o cual marca de aseo. Me resulta más fácil buscar mi marca en los estantes del supermercado, droguería o farmacia que coger el primero que tenga al alcance de la mano. Según qué química la siento más o menos familiar y cuando salgo de la ducha es de agradecer, si el agua no me ha despertado ya, reconocerme.
No tengo demasiados problemas en encontrar Tulipán Negro verde, mi desodorante desde hace diez años, que aunque tiene versión macho prefiero la unisex.
El close-up rojo es más difícil de encontrar y sólo consigo este dentífrico en una droguería de barrio.
Ayer estuvimos en mercadona donde sí hay Tulipán pero no Moussel, mi gel de baño. Me decante por uno violeta tras oler diez o doce, entre ellos Magno y uno de La Toja, que olían a casa de mis abuelos. Esta mañana, mientras derramaba gel sobre la esponja, me di un susto de muerte cuando leí de refilón en el bote: Gel de Lavadero. Me desperté un poco más y conseguí leer: Gel de Lavanda y Romero.
Ahora que me recuesto frante al ordenador siento que huelo como otro y así soy otro, me es más difícil dejarme llevar por mis propios fantasmas que reaccionan a la química del Moussel de Legrain, París, de manera más ordenada que estos otros de la lavanda y el romero, menos urbanitas y más viscerales.

He llamado a Fidel: nos vemos en media hora en el rastro, donde buscaremos novelas de serie B, cachivaches y jabón hecho a mano. 

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