EDITA 2010

Acabamos de llegar a Badajoz tras el encuentro en Punta Umbría.
Me he pasado el viaje recitando poemas en mi cabeza y escuchando Carrusel Deportivo. Sara se dormía y se despertaba mientras cruzábamos la sierra de Aracena. A veces le tapaba los ojos para que no viera el cuerpo de un zorro atropellado.
En la ducha he cambiado el repertorio de mis grandes éxitos del pop bajo la lluvia por más poemas.
Tenía un montón de cosas que escribir pero el pelo mojado me relaja demasiado y apenas las recuerdo: lágrimas tras la lectura de la poeta, un camisón verde con franjas en el pecho con los colores de la bandera de Colombia, el boomerang del poeta visual -y sonetista- que imaginé había lanzado el año pasado y recogía ahora tras dar una vuelta al mundo, las letras con huella del Árbol de Poe, los corazones rebosantes de vino y salud, los versos plutonianos -o neptunianos, no recuerdo bien-, el tutú y el yoyó...
En un rato tocará distribuir los libros adquiridos, cambiados o regalados en las diferentes bibliotecas de la casa: la biblioteca del cuarto de baño, la biblioteca de la mesilla de noche, la biblioteca del estudio y la mesa del salón, que sin ser biblioteca es el lugar elegido para dar la bienvenida a las nuevas publicaciones y donde parten hacia una u otra habitación, o van de una a otra pasando por este libropuerto que es la mesa.
Tendré que seguir contando cosas en otro momento.

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