carreteras azules

El mapa turístico de Extremadura de la Junta de Ídem -que se entrega en las oficinas de turismo y que me suele ser muy útil a la hora de salir de ruta a pegar carteles por esta geografía- colorea de azul todas las carreteras que no son nacionales, rojas, o provinciales, amarillas. Así resulta que las comarcales son el resto: una cartografía in blue donde podemos encontrarnos carreteras de doble carril con arcén, sin arcén, con carril para dos vehículos y, finalmente, para uno, las más emocionantes.
En el mapa aparecen y desaparecen vías comarcales igual que en la realidad: tengo nuevos trazados y algunas tachaduras que resultarán de lo más artísticas para algunos, pero puedo jurar que son verosímiles.
Elegí mi rally particular de Berzocana a Garciaz para contemplar el paisaje con la música bajita -hay que ir tocando el claxon en algunas curvas para comprobar que vas solo y de frente no aparecerá nadie.- La naturaleza en primavera y con sobrehidratación está que hace explotar flores y bichos -ambos casos he podido comprobarlos con textualidad sin que mi coche (María Luisa, una Vaneo) tuviera nada que ver.- Durante todo el camino no encontré un solo arroyo seco, y con estas infraestructuras uno diría que pasa por debajo al atravesarlos.
He seguido el resto de la mañana y buena parte de la tarde haciendo espirales alrededor de Trujillo, hasta que me dio por recorrer el sur de este rancio municipio. Llegar a La Cumbre fue fácil, encontrar la salida fue un milagro. El siguiente pueblo que venía en la lista, Plasenzuela, tenía una línea azul que lo conectaba con la borrascosa localidad anterior, según el mapa, pero no hubo manera -la taché, naturalmente-, tuve que volver a la N-521, bajar unos kilómetros dirección Cáceres y volver a torcer a la izquierda por una recién asfaltada pista para karts todoterreno. Afortunadamente salí de allí habiendo dejado la cartelería bajo el felpudo de la casa consistorial y me largué dirección Ibahernando para perderme en Ruanes. Esta laberíntica pedanía tiene las seis salidas -seis- custodiadas por mastines quejumbrosos -cuatro- y pastores alemanes timidísimos -dos.- Como todo el mundo sabe los perros enanos son los dueños y señores de las plazas de los pueblos y no dejan que los caninos desproporcionados invadan su territorio.
Cuando llevaba medio kilómetro por la salida que me había indicado uno de los pastores germanos más simpáticos me di cuenta de que aquel azul acababa en un cementerio de pulgas. Pregunté a dos señoras paseantes enlutadas que diligentemente me contestaron que para ir a Miajadas lo mejor era volver al pueblo... Me lo había estado temiendo. En el lugar donde antes estaba el can austro-húngaro había ahora un señor metido en una ranchera con una mano al volante y la otra por fuera de la ventanilla agarrando una cuerda que servía de corbata a un caballo. Decidí no interrogarle y atravesé la plaza de los lebreles enanos para llegar a otra salida menos perruna.
Por fin un buen samaritano -humano- me indicó una carretera que siguiendo ésta aparece a dos kilómetros a tu derecha. Seguí la pista que me llevaba a otra a medio asfaltar, quizá un esbozo de carretera o un vestigio del fuego de mortero de la memoria histórica. En cualquier caso la senda lunar y su firme parecían esquizoides: ora rectas larguísimas ora tirabuzones, ya firme ya viruela de asfalto. Al salir de una curva vi a lo lejos, muy lejos, Escurial.
Un punto intermedio en el horizonte gris y transversal de la brea sobre la que conducía se fue haciendo enorme y con motas. Frené poco a poco, primero, y luego en seco. Un pastor ayudaba a un ternero recién nacido a levantarse y la madre se erguía ante mi coche para defenderlo. Cuando el animal dejó de ver la masa metálica como un todo y me vio la cara de alhelao decidió dejarme pasar, mientras el ternero, pingando de humedad marital buscaba ahora otra de las ubres.
-Adiós, y enhorabuena -le dije al pastor mientras aceleraba suavemente.-

Acabo de llegar a casa con agujetas de conductor y la primavera en lo alto.

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