grabados

Llegué a Olivenza a las cuatro y media. La ciudad estaba tomada por taurinos, fiesteros y guardias civiles. La feria del toro ignoraba los nubarrones. El antiguo mercado de abastos, actual centro de creación joven, estaba cerrado: no había manera de entrar y utilizar el tórculo para estampar la portada y contra de EL CASCO.
Escapé de controles y vehículos cuatro por cuatro empitonados.
Volví al chalé de mis suegros y me puse a fundir tuberías de plomo para luego echarlas al agua. A veces el líquido esculpía el metal formando lágrimas o espermatozoides, otras veces nubes o árboles.
Salió el sol antes de caer sobre el horizonte, en el campo enguanchinao hizo brillar los verdes y rosas que encontró a su paso.
Anochecía mientras volvíamos a casa. Sintonizábamos sonideros, carrusel deportivo y emisoras portuguesas. Pensaba en la escritura de SUPERNEGRO y el helado de chocolate belga, dejando lo más importante para razonarlo en la cama.

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