diabólica semana santa

Vivir en el casco antiguo de una ciudad con aficiones procesionales es un calvario.
Los beatos se agolpan en la puerta de tu casa y apenas tienes espacio para entrar. Siempre hay alguno que te muestra sus dientes más beatíficos, su empujoncito cristiano para ver si te caes, su buena hostia metida en los bolsillos, un cardenal reventón en su occipicio que se le trasparenta tras los ojos...
Poco antes la policía local te ha tratado como un intruso mientras intentabas aparcar el coche: no entiende como un vecino casquero no tiene dinero suficiente para una cochera, no acepta tu palabra, no entiende que tus brazos no gesticulan sino que siguen de maniobras.
Deberían los cofrades llevarse su fanfarria, atrezzo, decorados y fans al campo: donde se ponga una romería que se quite un desfile fúnebre.

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