capítulo

31. Gran Renault 12 familiar.

Andrea volvía a desvelarse. Aquel calor nocturno era insoportable. Cuanto más insistía en quedarse en la cama más se volvía húmeda y pegajosa.
Paseó por la casa como quien juega a buscar a wally. Llegaba a una habitación, encendía la luz, y se plantaba descalza en el umbral. Nunca el pie atravesaba la baldosa de la estancia. Al rato de observarla de arriba abajo, después de introducir la cabeza para ver la pared que le quedaba oculta, después de ponerse de puntillas o agacharse para ver el espacio que le ocultaba un mueble, decidía fijar su atención en un objeto en concreto. Entonces pasaba a través del marco de la puerta y lo cogía, inspeccionándolo con mucho detenimiento.
El objeto podía serle totalmente ajeno y le imaginaba su historia: quién lo hizo, quién lo compró, a quién lo regaló –si era el caso-, si era práctico o decorativo, etcétera. Después biografiar el objeto pasaba a darle vida: intuía si era masculino o femenino, si tenía familia o la había tenido, si había sido feliz, si lo era o si tenía ganas de cambiar de vida. Andrea llegaba incluso a vaticinar su futuro.
Otras veces el objeto era suyo y le traía recuerdos. En ese caso repensaba si necesitaba tenerlos presentes o era mejor enterrarlos en su baúl de madera de ciprés. Aquel viaje de una repisa a su particular cementerio podía ser de ida y vuelta. No era muy habitual dar sepultura a un objeto que un buen día le empezaba a dar mal rollo –varias veces al año y no premeditadamente- y tampoco estar sentada en el sofá, o paseando por el parque, o viendo una película en el cine y decidir resucitar la llave física de toda una cadena de neuronas usadas hace mucho tiempo.
En aquel baúl estaban los velos que utilizaba en el Babel, la comba que mató a su hermana, el reloj de un novio que tuvo, la ostia regurgitada de su primera comunión, un zapato de tacón altísimo y nuevo que encontró en la calle de una aldea, el pomo del cambio del Renault 12 de su marido que compraron en un bar de carretera y que tenía hibernando en metacrilato una estrella y un caballito de mar… 

(Capítulo 31 de SUPERNEGRO, publicado en EL CASCO 14, diciembre de 2009)

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